La computación afectiva busca dotar a las máquinas de inteligencia emocional. Analizando micro-expresiones faciales, tono de voz y patrones de escritura, la IA puede inferir si un usuario está frustrado, feliz o confundido, y ajustar su respuesta en consecuencia.
Un chatbot que detecta irritación en la voz del cliente puede derivar la llamada inmediatamente a un agente humano empático. En la educación online, un tutor virtual puede detectar si un estudiante está aburrido o frustrado con un ejercicio y cambiar la estrategia de enseñanza dinámicamente para reengancharlo.
La idea de que una máquina lea nuestros sentimientos íntimos es controvertida. Existen preocupaciones sobre el uso de esta tecnología para manipulación en marketing o vigilancia en el lugar de trabajo. Regular qué datos biométricos emocionales se pueden recolectar y para qué fines es un debate ético urgente.